Hijo
Hey, papá. Te escribí algo.
Sé que probablemente nunca vas a poder leerlo. Y aunque pudiera sentarme frente a vos y leértelo en voz alta, no sé cuánto entenderías.
Aun así, necesitaba escribirlo.
No para explicar tu enfermedad. Tampoco para que alguien sienta lástima por vos o por mí. Simplemente necesitaba encontrar alguna manera de poner en palabras todo lo que nos pasó. Darle alguna forma a estos meses y, quizás, intentar calmar un poco esta pena con la que todavía no sé muy bien qué hacer.
Probablemente nadie lea esto. Y está bien.
Pero quiero que exista en algún rincón de Internet. Que quede un registro de vos, de nosotros y de lo que estoy viviendo. Y si alguna vez alguien que está atravesando algo parecido llega hasta estas palabras, ojalá encuentre en ellas algo que lo ayude a sentirse comprendido.
Antes de hablar de lo que te pasó, quiero hablar de quién sos.
Sos un hombre honesto. Pero honesto de verdad. En el sentido más literal de la palabra. Trabajador, activo, amable, extremadamente sociable. Un caballero.
Te gustaba cocinar. Te encantaba manejar. Siempre estabas haciendo algo.
Tenés ochenta años, pero hasta hace apenas unos meses parecías tener veinte menos.
Nuestra relación nunca fue la de un padre y un hijo que se abrazan todo el tiempo o se dicen constantemente cuánto se quieren. Siempre hubo cierta distancia entre nosotros. Una forma de relacionarte que creo que aprendiste de tu propio padre y que, sin proponértelo, también me transmitiste.
Pero esa distancia nunca fue ausencia.
Siempre pude hablar con vos. Contarte mis problemas, sincerarme, pedirte un consejo o simplemente encontrar a alguien dispuesto a escucharme.
Siempre supe que podía contar con vos.
Tengo algunos recuerdos de cuando era chico. Ir a pescar juntos. Viajar en auto, vos manejando y yo sentado de acompañante.
Son recuerdos simples. No tienen nada extraordinario. Pero son nuestros.
Y hoy daría mucho por volver a uno de esos viajes. No para hablar de algo importante. Solo para estar ahí otra vez, con vos al volante.
Este año 2026 todo cambió.
Todavía me cuesta comprender la velocidad con la que pasó. No hubo tiempo para acostumbrarse a una cosa antes de que apareciera la siguiente.
El Alzheimer y la demencia fueron quitándote partes de vos a una velocidad que nunca imaginé posible. Una velocidad que ni los médicos lograron entender.
Tu cuerpo cambió. Tu expresión cambió. Tu manera de moverte, de hablar, de mirar, de estar presente.
El hombre que a los ochenta parecía tener sesenta empezó, de golpe, a mostrar su edad.
Pero lo físico, aunque duela verlo, no es lo peor.
Lo peor es extrañar tantas cosas de la persona que eras mientras todavía te tengo enfrente.
Y, sin embargo, incluso después de todo este desgaste, hay algo que no cambió.
Seguís siendo vos.
Seguís siendo un caballero. Amable, atento, pendiente de los demás. Hay gestos tuyos, pequeños detalles de tu forma de ser, que la enfermedad todavía no pudo quitarte.
Y eso hace que todo sea aún más difícil de comprender.
Porque puedo verte, tocarte, hablarte y seguir encontrando en vos al hombre que siempre conocí. Pero al mismo tiempo extraño las conversaciones, los momentos y todas las cosas que antes podíamos compartir.
Hay algo especialmente cruel en esa contradicción.
En tenerte acá y, al mismo tiempo, sentir la ausencia de tantas partes de nuestra vida juntos.
Y mientras todo esto pasa, mi vida sigue avanzando.
Estoy en una etapa en la que muchas de las cosas que imaginé durante años empiezan a hacerse realidad.
Hay cosas que conseguí, decisiones que llevaban años esperando su momento, sueños que alguna vez parecieron lejanos y que finalmente pude convertir en algo real.
Esas cosas que uno quiere contarle a su padre.
Como cuando terminás de escribir un libro, plantás un árbol o construís algo que sabés que va a permanecer muchos años después de vos.
No porque necesites su aprobación. Ni siquiera porque esperes que te felicite.
Simplemente porque querés que sea parte.
Que vea lo que hiciste. Que entienda cuánto significó. Que pueda compartir esa alegría con vos.
Creo que eso es lo que más me duele de todo esto.
No haber podido compartir con vos una parte tan importante de mi vida adulta.
No haber tenido más tiempo para conocernos desde otro lugar, como dos personas adultas. Para conversar sobre cosas que antes no entendía. Para hacerte preguntas que nunca imaginé que algún día querría hacerte.
Para contarte quién soy hoy.
La enfermedad no solo te quitó recuerdos.
Nos quitó momentos que todavía no habíamos vivido.
Y, sin embargo, en medio de todo esto, pasa algo que todavía me cuesta explicar.
Cuando voy a verte, te sorprendés.
Te ponés contento.
Te brillan los ojos.
A veces decís mi nombre. Otras veces, cuando hablamos por teléfono y aparece uno de esos pequeños momentos de lucidez, me preguntás:
«¿Vos cómo estás, hijo?».
No sabés lo que significa para mí escucharte decir eso.
Hay personas que formaron parte de toda tu vida a las que ya no parecés reconocer. Pero conmigo, por alguna razón que no entiendo, algo sigue ahí.
No sé cuánto recordás de mí.
No sé si me reconocés de la manera en que yo entiendo esa palabra, o si simplemente queda algo familiar en mi voz, en mi cara, en mi presencia.
Solo sé que cuando me ves, algo cambia.
Y eso me parte al medio.
Porque nosotros nunca fuimos especialmente demostrativos. Nunca tuvimos esa relación de estar permanentemente juntos, expresando todo lo que sentíamos.
Y ahora, entre tantas cosas que se fueron perdiendo, parece que todavía sabés que soy tu hijo.
Es una contradicción difícil de soportar.
Me hace feliz verte contento cuando llego. Y me destruye pensar en todo lo que tuvo que desaparecer para que ese gesto se convirtiera en algo tan importante para mí.
No sé cuánto tiempo más va a durar.
Y hay días en que prefiero no pensarlo.
También pienso mucho en tu propia historia.
En mi intento de encontrarle una lógica a todo esto, de entenderlo de alguna manera, empecé a mirar hacia atrás. A buscar en tu historia algo que me ayudara a comprender un poco mejor tu presente.
Pienso en todas las cosas que quizás nunca pudiste resolver. En las heridas para las que tal vez no tuviste las herramientas necesarias. En todo lo que llevaste con vos durante tantos años y que quizás nunca pudiste terminar de dejar atrás.
Y hoy me resulta completamente lógico que, frente a todo eso, la única forma que hayas encontrado de protegerte haya sido cerrarte en vos mismo. Construir murallas enormes, tan altas y tan firmes que nada ni nadie pudiera atravesarlas. Quizás era la única manera que conocías de escapar de aquello que te dolía, de mantener a distancia todo lo que nunca supiste cómo enfrentar.
Creo que ahora entiendo un poco mejor esa distancia que a veces hubo entre nosotros. No porque faltara cariño, sino porque tal vez esas murallas se habían vuelto parte de tu forma de estar en el mundo.
Ojalá hubieras podido encontrar más paz con todo eso.
Ojalá la vida hubiera sido un poco más amable con vos.
No tengo una explicación para lo que te pasó. Lo único que sé es que me parece profundamente injusto.
Fuiste un hombre sano, fuerte, lleno de vida. Y me duele muchísimo que tengas que atravesar esta etapa de tu vida de esta manera.
Que te esté pasando a vos.
Que tengamos que verte así.
Que después de tantos años de trabajo, de esfuerzo, de ser quien fuiste, la vida te haya traído hasta acá.
Si pudiera sentarme una vez más a hablar con vos, con la certeza de que entendés todo lo que estoy diciendo, me gustaría repetirte algo que ya te dije.
Algo que me hubiera gustado que pudieras escuchar estando completamente presente.
Te amo, papá.
Y te agradezco profundamente el padre que sos y todo lo que me diste.
Por haberme enseñado el valor del trabajo. Por haberme enseñado a decir la verdad. Por haberme demostrado que la honestidad no es algo que se practica cuando conviene, sino una forma de vivir.
Mucho de lo que soy hoy viene de vos.
Y aunque ya no puedas verlo ni comprenderlo como me gustaría, esos valores están conmigo todos los días.
Van a acompañarme durante toda mi vida.
No sé muy bien cómo terminar esta carta.
No es una despedida. Todavía estás acá.
Pero tampoco puedo fingir que nada cambió, ni encontrar algo positivo en lo que está pasando solo para hacerlo más fácil de aceptar.
Extraño a mi papá.
Lo extraño incluso cuando estoy sentado frente a él.
Extraño las conversaciones que podíamos tener. Tu manera de escucharme. Los viajes en los que manejabas mientras yo miraba por la ventana.
Y sobre todo, extraño la posibilidad de compartir con vos la persona en la que me estoy convirtiendo.
Hay tanto que todavía quisiera contarte.
Pero por ahora voy a seguir yendo a verte.
Voy a seguir hablándote, aunque no sepa cuánto entendés.
Y cada vez que te pongas contento al verme, cada vez que me mires con esos ojos que todavía parecen encontrar algo familiar en mí, voy a intentar quedarme con ese momento.
Sin pretender que compense todo lo demás.
Porque no lo hace.
No sé cuánto de nuestra historia permanece en tu memoria.
Pero toda ella sigue en la mía.
Vos seguís siendo mi papá.
Y yo sigo siendo tu hijo.